miércoles, 8 de abril de 2009

una noche en el pueblo (parte 1): la aldea

De joven siempre creí que la electricidad había matado el romanticismo. Dónde podría acecharte Drácula? acaso tocaría el timbre de tu casa? De qué tener miedo cuando la luz lo abarca todo?

Empecé a salir siendo muy joven, y aunque al principio volvía más o menos temprano del pueblo con mis colegas, vecinos todos de la misma aldea, relativamente pronto comencé a bajar y a subir yo solo. Bajar, para bajar todos os santos axudan, que dirían los viejos en mi aldea, pero subir... sí, hablo en sentido literal, ¡vaya subida al principio del camino entre el pueblo y mi aldea, debe de ser un kilómetro y casi todo muy empinado!!

Más jóvenes aún éramos cuando íbamos a las típicas fiestas de los pueblos, estas fiestas con verbena y chiringuitos.... normalmente, atracciones como norias y caballitos eran muy raras por allí, no como en la ciudad. Por supuesto, para ir a tales fiestas sólo había dos opciones factibles: o te llevaban, o atajabas por el medio del monte.

El lugar en el que vivía era rural, pero muy poblado. No existían las noches oscuras, ni siquiera donde no llegaba el alumbrado. Cierto que uno podía, si no prestaba atención, meter el pie donde no debía, pero nunca estaba la oscuridad ni siquiera cerca de ser absoluta, con o sin estrellas, con o sin luna... ah!, sí, lo de prestar atención, pues claro, debías prestar atención a quienes fuesen delante... bueno, había gente muy vengativa que se enfangase cuanto se enfangase no avisaba, para ver si alguno más picaba... qué gente!!

Cuando uno es un niño, o apenas un adolescente, hay muchas situaciones que no puede evitar. Una de estas situaciones, que a veces devienen en traumas importantes, es cuando tus abuelos, o los abuelos de tu colega, incluso los abuelos de aquél que debe de ir en tu clase pero con quien nunca intercambiastes una palabra, incluso ellos, decía que en ocasiones algún abuelo se ceba en ti para contarte sus batallitas.

Uno crece, y quizás a veces pueda tener algo de comprensión hacia esos abuelos. Pero cuando eres niño si no le coges odio, si al menos aversión... ya, no tanto.... solamente, por coincidencias, de repente te las arreglas para permanecer a gran distancia de tal abuelo... como cuando tienes que hacer un recado en la era y sabes que está en la bodega, sales de casa, bajas por la entrada del garaje del coche (donde aún se entra con el carro) y entras por ese portal, que mira que casualidad, está en el otro extremo del cierre de la casa... pero no es porque el abuelo pueda contarte alguna de sus historias, es que además corres el riesgo de que te encambe alguna tarea pesada y aburrida. Así que el rodeo está bien, eso y mantenerse vigilante, por si te sorprente por la espalda.

En los pocos descuidos, o cuando la tarea que estás haciendo lo hace inevitable, cuando te pilla, siempre te soltará algún retazo, alguna frase. Normalmente no sabrás de qué te habla, pero sabrás que pertenece al grupo de "antes éramos mejores", "antes era todo mejor", etc.; en ocasiones se refiere a alguna de sus batallitas, a modo de "frase lapidaria" o moraleja de algún tipo, lo sabes por su tono solemne, pero no a qué demonios se refiere: a veces es una historia que ya te ha contado, y a la que no has hecho el mínimo caso, pero otras veces ni siquiera se refiere a algo que haya hablado con nadie nunca!

Eh, que me lío y no me avisáis!! desde luego... decía, que de pequeño uno a veces escucha relatos sobre los viejos tiempos, cuando la luz eléctrica era una novedad, en los que fantasmas, bandidos y sucesos misteriosos (aquella desaparición...), con un poco de incredulidad ¿acaso habría existido aquel mundo tan peligroso, donde en cada rincón acechaba un peligro? sobre todo, porque según ellos, cinco minutos después, era un mundo maravilloso donde todo era mejor... el caso es que cuando caminaba de camino a casa (ja) por las noches, antes de amanecer, a veces recordaba esos relatos... con maravilla, claro.

Así que estás tranquilamente en la mesa después de comer, digamos un domingo... el domingo, cocido, inevitable, claro... y antes de empezar a comer empieza con su historia. Normalmente hay algún culpable, por mencionar algo que hace que su mente alumbre el recuerdo, feliz o no, pero a veces eres tú mismo. Muchas veces es por genuino interés, ya que es tu abuelo, al fin y al cabo, y otras es para evitar que te manden hacer algún trabajo. El abuelo comienza con su relato, normalmente de forma incoherente por meter sus retazos de moral, y otras veces la historia es interrumpida constantemente con las aclaraciones pertinentes de genealogía de todos los implicados. La comida comienza y el silencio u otros temas copan el tiempo, pero un abuelo es una máquina difícil de detener. Cuando no te lo esperas, retomará su historia, con más indicaciones de lo mejor que era todo en sus tiempos o lo mejores que eran ellos por todo lo malo que era todo en sus tiempos, y con las eventuales explicaciones genealógicas.

La mayoría de tales historias se refieren a las clásicas batallitas militares, anécdotas de la gente del pueblo, ocasionalmente amoríos -y es que invariablemente eran todos unos galanes-, y sólo, de cuando en cuando, alguna desgracia violenta, algún rumor de asesinato, de violación. Pero a veces podías estar de suerte y lo que te contaba era alguna leyenda, algún cuento, relacionada con el miedo.

Rumores (la Santa Compaña sólo se menciona entre susurros), incluso algún supuesto encuentro sobrenatural... ¿y qué no iba a hacer eso en la mente de un niño?


domingo, 29 de marzo de 2009

Un día de solazo

Ás veces escoitase un solitario chapoteo.

Sen ser un gran río infestado de vida, nos vinte ou trinta metros que debe haber ben dunha a outra ribeira algúns peixes saen un intre á superficie, nunca entendín ben por que.

Anque este río está lonxe de ningunha estrada, por fortuna, algúns pescadores amáñanse para tender os seus sedais nos lugares que menos corrente hai. Claro, non van máis arriba, onde a auga baixa salvaxe e as rochas do fondo esconden resbalóns inoportunos e perigosos. Non o semella dende aquí, con estas árbores baixas que apenas poden dar un mínimo de sombra. Hai poucas árbores vellas, todas están moi rareadas, e o curso que se ve dende aquí é lento e preguiceiro. Pero coñezo as rochas que estreitan o cauce logo daquela curva, onde o río se agocha da vista.

Semellase que só catro pescadores desesperados e algún aventureiro extrano tivesen motivos abondo para cruzar as colinas, non moi inclinadas pero sen nengún sendeiro polo que camiñar, puidesen achegarse aquí en busca de solazo. Ben que na vila hai lugares abondo para disfrutar os primeiros raios de sol a carón dalgún regato, non tan fermoso pero si máis cómodo, onde incluso un podería darse un baño na súa fría auga sen ter que esforzarse en non aparecer un kilómetro máis abaixo. Nin sequera que fosen tan concurridos, pois hai sitio abondo para que uns apenas vexan aos outros.

Pero estas refrexións só me asaltan brevemente cando encamiño os meus paso por entre os matorrais camiño do pobo. En canto a miña casa asoma ao final do camiño, esváense, como se nunca estivesen no meu maxín. E co paso dos días, a idea de voltar a escaquearme toma cada vez máis forza, ata o seguinte día de solazamento.

martes, 24 de marzo de 2009

Pais dun futuro esquecido (I)

- Esta juventud de ahora es un desastre. Fíjate, no cuidan sus cosas, ni siquiera su aspecto. No se preocupan por nada, para ellos todo es fácil y son egoístas e incluso crueles.
- Si, nos nosos tempos non era así, non. Se querías algo, tiñas que traballar como un negro, e inda así. E nós si tiñamos respecto, non medo como din, pero si respecto. Bueno, quizais algúns, pero a maioría sabiamos respectar aos demáis.
- Nunca discutiriamos cos nosos pais. Ao sumo, agachabas a orella e calabas. Agora non, agora non só non obedecen senón que obrigan aos seus pais a pregarche aos seus caprichos.
- Pero a culpa non é deles. A culpa é dos pais. Hai que ensinarlles respecto dende pequerrechos.
- Onde iremos a parar!! Escoitastes a última? o rapaz de m... que resulta que ...

Non é doado imaxinar varias ocasións nas que escoitamos esta conversa nalgures. Con frecuencia estabrécese un paralelismo entre o auxe dos espazos urbáns, os medios de comunicación de masas e a falta de madurez e moitos outros atributos positivos da xuventude actual. Por suposto, para tal paralelismo é preciso estabrecer que hai un momento anterior no que todo (ou a maioría das cousas) foi millor.

É un problema que as cousas non sexan tan doadas. Esta conversa, cambiando os idiomas, podería estar extraida dalgunha obra costumista de hai XX séculos. Os mesmos problemas, as mesmas maldades, todas precedidas por unha época "dorada" de beizón e bondade...

Semella que o cerebro humán ten unha curiosa facilidade para valorar máis os recordos positivos e minimizar os recordos negativos. De feito, cando nos vemos sumidos en algún destes, acostumamos a velo como un problema, algo a superar: "inda non superou a morte do seu fillo", ou "inda non superou a perda da súa casa" ou "inda ten o trauma polo accidente". Así, os recordos negativos vanse esvaecendo nas brétemas do esquecemento, namentres as lembranzas positivas acadan máis espazo incluso do que mereceron no seu día. Seguro que é doado evocar aquel bico con alguén a quen queres, ou unha tarde nun lugar estupendo... e non é tan doado lembrarse do golpe que nos demos contra unha porta hai un par de anos.

É doado imaxinar o mecanismo evolutivo que favoreceu isto. Nunha natureza dura, por definición, aqueles animáis que teñen millores expectativas, máis razóns para perseverar, tenderán a ter máis descendencia que aquéles que á primeira de cambio atravesan unha catarsis e quedan atascados.

Pero o mesmo mecanismo mental que fai isto, tamén contén a súa propia perversidade. A nosa forma de ver as cousas está idealizada en función do que nós coñecemos. Isto que coñecemos, por definición, é o noso presente e o noso pasado.

Que ocorre cando abordamos unha época de fortes cambios? Sen dúbida na historia houbo moitos e fondos cambios. A migración de espazos rurais a urbáns non é propia do século pasado, senón unha constante ao longo da historia. Tamén os feitos traumáticos: guerras civís desoladoras, fenómenos naturais como terremotos ou furacáns igual de devastadores... É exercicio trivial buscar na historia por catarsis deste tipo.

viernes, 20 de marzo de 2009

O ser humano e A Rede

Hai unha vella regra de nettiquette que consiste na necesidade de optimizar o uso dos recursos de Internet. Unha das implicacións desta regra é que os blogs e as redes sociais non son desexables: ocupan espacio de servidores, ocupan ancho de banda cando os usuarios os utilizan... incluso poden incrementar o número de respostas dun buscador.

Segundo os partidarios da nettiquette Internet debe de ser unha ferramenta para o libre intercambio de información. O seu grito de guerra podería ser algo así como "non crees webs sobre ti. Non es tan interesante".

E é que as cousas cambiaron tanto dende os primeiros tempo!!! Logo das webs sobre sexo, as redes sociais son o novo xoguete dos internautas, desprazando á descarga P2P. Case calqueira persoa ten alomenos un perfil nunha das múltiples redes sociais existentes.

Tal é o cambio?

Incluso o nome. "A Rede". Internet non é "a rede", nin sequera é unha rede: só é unha maneira de interconectar distintas redes. É a omnipresenza dos novos servizos de Internet o que fai que o seu nome se deslice ata "A Rede", coma un todo.

Incluso "A Rede" que coñecen a inmensa maioría dos usuarios non é máis que unha parte (pequena) dos servicios dispoñibles por Internet.

Polo de agora, os cambios reais nas persoas son moi escasos. A tecnoloxía está nun estado incipiente e dista moito de ter unha accesibilidade universal, nen sequera elevada. Polo de agora as redes sociais, blogs e vídeoblogs non son máis que unha versión da maneira na que nos relacionamos no "mundo real". Pero isto ha cambiar, a non tardar. Axiña a distinción entre "mundo virtual" na rede e o "mundo real" será tan só unha leve lembranza de que nalgún día as cousas eran moi distintas.